lunes, 8 de abril de 2013

El hombre colocó junto a él un montón de cuartillas, tomó la pluma y se dispuso a imaginar teorias.

Ante su mesa de trabajo solo existia una ventana, una noche y un firmamento del S. XX

Pretendia llegar a conocer la síntesis de la idea absoluta, buscó un punto de partida y encontró su hipótesis en él mismo. Yo soy el principio, pues cuando algo hago mal, hay una voz en mi interior que rie o llora, pero al mismo tiempo hay otro ser en mi que es opuesto, entonces de la unión de estos dos individuos estará la verdad.

La noche cayó sobre él y la luna se ocultó definitivamente; el papel emborronado de cifras, números y números.

De pronto sintió ante él una enorme luz que le deslumbró, su mano pareció cobrar vida, una vida sin ser él mismo y después oscuridad.

Todo su ser se desprendió de él mismo y comprendió su verdadera realidad, estaba muerto hace miles de años y... recordó, recordó su triste juventud, en la que la palabra infinito tenía un valor casi mágico, donde solo existían sus cifras y números que eran su único yo, allí, pretérito y futuro se encontraban en un punto único que Borges llamó Aleph y que nosotros denominamos cuarta dimensión.

Siguió sumido en la oscuridad, con sus números, escribiendo, escribiendo ... descifrando una vez más aquella realidad toda igual que siempre renace.

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